Estuve a punto de bordarme en lágrimas hasta el límite de mi más lejanos puntos de cordura, pero me mantuve en silencio. Quería correr y alcanzarle, protegerme de ese miedo irracional por la nada. ¿Qué era ella que me atormentaba tanto? Tenía el alma despedazada, ilusionada por cada esquina de mi habitación vacía, tan llena de blancos espacios sin sentido.
Y me dolía el pecho, porque mi corazón lograba atormentarse solo.
¿Cuántas veces tendría que repetirme lo oscuro que podía ser el mundo y lo torcida que podía ser mi conciencia? Era avara, egoísta; una fuente innecesaria de problemas que se iban contando con mis años de soledad. ¿Era mi revolución una inagotable pila de tristes recuerdos? ¿Qué era yo sin cariño?
Las gárgolas, siempre serán gárgolas.
No era quien para pedir devolver el tiempo y cometer los errores que siempre tuve miedo de cometer, podía ser la imagen perfecta de todo aquello que quisieran y aún así sonreír con las esperanzas por el suelo, con el miedo eterno de que toda oscuridad en mi vida fuera provocada por la luz que siempre irradiabas tú.
Era tan fácil esconderme, porque siempre fui invisible.
Y, es que a medida que sacaba un poco de fuerza para apreciar cada una de mis cicatrices una herida nueva aparecía en mi piel en sus nombres. Cosas que se iban nunca más irían a volver, como un corazón recluso, una mirada perdida. Como mi vida.
Cuando me reten hasta el punto de no soportar la soledad.
Deshazte de mi.
Manuela Correa Benjumea
Ilustración: https://www.instagram.com/p/BT4BlQCAYLJ/?taken-by=williampaiva.
