jueves, 20 de enero de 2011

Su rabia tiene sabor a caramelo

Paseando por las calles aglomeradas de mi actual New York es inevitable no recordar sus momentos de temperamento voraz. Cuando solía arrancarme pedazos de dignidad con palabras sin sentido pero igual de hirientes a una daga en el corazón. Cuando sin pensarlo cogía mi cabello castaño para manejar mi rostro a su antojo, para hacerme mirarlo directamente a sus ojos salvajes color almíbar. Cuando entre gritos, insultos, orgullo y prejuicios saboreaba mis labios empapados de lagrimas de satisfacción inexplicable. Cuando su cuerpo se unía al mío lleno de rabia y deseos prohibidos. Cuando por circunstancias impredecibles mis ropas terminaban rasgadas en el suelo y aquellos malos pensamientos se convertían en la aventura de una cama.
Mi cama era la arena de un estadio romano para los dos, cada batalla dejaba un herido y aun asi volvíamos para apoyar la fatal idea de que amarnos era lo correcto. Aun con nuestra violenta forma de querernos solíamos desquitarnos piel a piel, jugábamos a ser inocentes, planeábamos debatir sobre revoluciones cuando mi cama se partía en mil pedazos y solo podíamos saciar la necesidad de tenernos con otro grito, otra lagrima y otro espacio destruido por la agobiante verdad aquella que nos perseguía diariamente. Su piel era un interminable camino de maravillas, exquisitos sabores, exóticos paisajes y terminantes placenteras que encajaban en el mapa de mi cuerpo innavegable, inexperto e indecoroso; y en el amanecer como olvidar sus pecas que parecían caerse una a una sobre mi almohada confidente y pionera, sabia como ninguna, llena de gemidos, llamados, nombres y cabellos que me delataban a la ley del corazón: una delincuente fieramente atrapada por un amor loco, inagotable y agotador.
Paseando por las calles aglomeradas mi actual New York es inevitable no recordar el sabor a caramelo de su temperamento voraz.

Los martes que te presté

Mi padre insiste en que has agotado sin misericordia mis ideas
Que aunque te veía una vez por semana sigues atándome día a día a tu macabro pensamiento
El jura que todos los martes compartíamos charlas destructivas
Que acabaron sorprendentemente con mis ideales mas perversos.
Pero él no sabe que cada martes
A la orilla de tu cama
Recorrías la silueta de mi locura
Pintada como una guitarra acustica…
Él desconoce el amor que te entregué
Todas esas tardes
Todas esas noches
Con cada verso
Con cada poema
Con cada canción.
Que si de robar mis ideas fueras tu culpable
Tendría que reclamarte cada melodía en ti gastada
Desde este oscuro pero sincero corazón.
El no tiene idea que todos esos martes que te presté
Algún dia serán devueltos
En paquetes transparentes
A la orilla de mi cama,
Donde dibujaran incesantemente la silueta de mi alegría
Al saber que después de considerarte un ladrón de sonrisas
Te entregarás fielmente a esta mujer, sin rechistar, sin quejarte.
Donde volverás a quitarme sutilmente cada martes de mi vida.