Te quise, alguna vez, no hace mucho…
Con dos ojos juguetones que
perseguían tu silueta por cualquier lugar que quisiese pasar, con las manos que
se rehusaron a acariciarte por pena y con una falda corta que se movía ligeramente con el viento mostrando un par de piernas largas que nunca consideré lo más bello de mí.
Siempre reprimí las ganas de
escribirte un sinfín de mentiras en mis eternas poesías, nunca quise mentirte,
pero siempre sospeché que amarías mis exageraciones: ojos brillantes, sonrisas
acaparadoras, sentimientos desbordantes y estelas de caricias con sabor a dos…
Pero aunque todo de ti hiciera una nada de mí, nunca dejé mi pequeño lugar
feliz, mi aislada esquina, mi techo de esperanzas. No intenté nada, no dije
mayor cosa, más siempre mantuve firme mi mirada dirigida hacia la tuya. ¿Qué
quería Dios que hiciera contigo en mi camino si con solo tu presencia me hacías
tan inútil, tan frágil… tan vulnerable a ti?¿Qué reacción esperaba el mundo si
me tomabas la mano para guiarme un poco más lejos de la nada?
Interrumpí tu tranquilidad con
mis alaridos, perseguí tu intimidad con mis preguntas, prohibí la entrada de
extraños por mi puerta e incluso hice un espacio en mi cuarto para las visitas
que nunca tuvieron lugar. Lloré ilusiones, grité silencios y aun así cinco pasos no fueron más que un beso en mi
frente y un “te quiero” pasajero de amigos para siempre.
¡Ah! Pero es que te quise, TANTO,
no hace mucho y fue tan lindo verte
pasar, aunque fuese unos cuantos minutos por mi camino.
Manuela Correa Benjumea.
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